Barras y Estrellas en la Isla del Rey

febrero 21st, 2021

Con frecuencia, una nueva incorporación de objetos al antiguo hospital militar provoca interrogantes en quienes los acogen y acondicionan para poder ser expuestos de forma coherente. En esta ocasión, al debate han dado lugar dos banderas de los EE.UU. que un destacado donante de esa procedencia (un contra-almirante de la marina retirado) ha donado para ser expuestas en la sala correspondiente, sala que documentará la presencia de la flota norteamericana, es decir, de su «Mediterranean Squadron», en nuestro puerto, a lo largo de la primera mitad del siglo XIX.

Que no sean iguales y obviamente distintas a la bandera de los Estados Unidos que todos tenemos en mente es la primera sorpresa, con lo que las consultas a la red para averiguar el trasfondo de la cuestión han echado humo. Una de ellas tiene quince estrellas blancas en fondo azul y quince barras alternativamente rojas y blancas, eso sí, todo ello en la disposición habitual. La otra en cambio tiene treinta y tres estrellas y trece barras, número de barras que se verifica ser el de la bandera actual.

De todo ello hemos concluído que curiosamente la bandera de los EE.UU. tiene su origen en la bandera colonial de la Compañía británica de las Indias orientales, como puede apreciarse en las imágenes. Se sabe que Franklin lo sugirió a Washington, alegando que de hecho las colonias que querían independizarse ya contaban con una bandera propia.

1. Bandera de la Compañía de las Indias orientales

2. Bandera adoptada para los EE.UU. en 1777, diseño de Francis Hopkinson

Fue el Segundo Congreso continental el que aprobó la pertinente Resolución sobre la Bandera el 14 de junio de 1777, con un diseño que fue modificado por primera vez en 1795, añadiendo dos estrellas y dos barras (roja y blanca) para significar la incorporación de los estados de Vermont y Kentucky.

Esta es una de las banderas que han llegado a la Isla de Rey y precisamente una como esta, ondeando durante el ataque británico a Fort McHenry en 1812, fue la inspiración para la letra del himno de los EE.UU., tan magníficamente interpretado por Lady Gaga durante la toma de posesión del presidente Biden. Históricamente, esta bandera ondeó durante la presidencia de George Washington y es la que debieron de exhibir las naves del «Mediterranean Squadron» al principio de su presencia en nuestro puerto.

3. La única bandera con 15 estrellas y 15 barras

4. La bandera con 33 estrellas

La segunda bandera es una curiosidad entre varias, puesto que se han ido añadiendo tantas estrellas a la bandera cuantos nuevos estados se han incorporado a la Unión. Y ya sin variar el número original de trece barras, siete rojas y seis blancas. La versión de treinta y tres estrellas sería la que ondeaba en las naves americanas cuando terminó la existencia del «Mediterranean Squadron» como tal, a mediados del siglo XIX, y corresponde a la presidencia de Abraham Lincoln.

Oscar Sbert Lozano

Ingeniero Industrial

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¿Qué hace un agrónomo como tu en una traducción como esta?

enero 21st, 2021

Los que llevamos tiempo en el voluntariado de s’Illa del Rei, sabemos muy bien lo que significa y cuales son las consecuencias de una propuesta de colaboración sugerida por el presidente de la Fundación.

Escribo estas líneas con todo el cariño y el respeto que hemos desarrollado entre nosotros, en estos años de estrecha colaboración en la tarea de llevar a buen puerto la recuperación del hospital naval construido por los ingleses en 1711. Una joya arquitectónica y una parte fundamental de la historia de Menorca, en todo caso de la historia moderna de la isla.

Se ha escrito mucho sobre la génesis de este proyecto de restauración y de cómo un reducido y muy heterogéneo grupo de personas, de lo que ahora a menudo se llama sociedad civil, ha podido hacer para vencer la desidia de sucesivas administraciones pasadas y ofrecer a los menorquines y a sus visitantes, un lugar que permita hacer un recorrido por los últimos 14 o 15 siglos de nuestra historia. Es también una historia de liderazgo muy especial y, a veces, debatido.

La pandemia provoca a menudo en las personas, entre muchas otras cosas positivas, un ansia de colaboración y un número de horas a disposición para trabajos que de otra forma nunca encuentran el tiempo para ser llevados a cabo.

Dentro del impresionante legado del doctor Juan Camps, contemporáneo de Mateu Orfila, recibimos un tratado de oftalmología del siglo XVIII, firmado por un tal John Taylor, desconocido para muchos de nosotros, pero que era el oftalmólogo del Rey Jorge II.

Como parte de las actividades de la Fundación, alguien propuso que seria interesante la tarea de traducir esta obra. Como se suele ser el caso entre los voluntarios, se encontraron tras algunas rondas, los suficientes para iniciar el trabajo.

Y como acostumbramos a hacer en s’Illa del Rei, nos distribuimos el trabajo y nos lanzamos a ello con toda la energía de la que somos capaces.

Pocos meses después y tras 23 capítulos de esta obra, descubriamos a un charlatán oftalmólogo ingles, o como se llamara en esa época, en la que los conocimientos en este campo eran limitados, que escribía en un inglés antiguo, con grafía algo diferente de la actual y que describía operaciones y tratamientos que realizaba “in vivo” o sea a lo bestia en sus pacientes. Tras cada operación se recreaba en auto alabanzas, alimentando así su inmenso ego.

Descubríamos también -gracias Internet- que había tenido una cierta fama en Europa y que había tratado a gente de alta alcurnia, algunos de los cuales quedaron algo afectados por sus operaciones. Bach y Händel fueron algunos de los más famosos a los que dejo ciegos intentando eliminar unas cataratas.

Era también un nómada itinerante que se movía por Europa, no como los que ahora gracias a Internet y el teletrabajo, pueden acomodarse a lugares lejanos a su sede física de trabajo, sino que para evitar los problemas del “día después” de sus operaciones, normalmente importantes. Así evitaba las reclamaciones y dejaba la responsabilidad en otras manos, a las que siempre podía culpar del mal seguimiento de la recuperación. Me suena esta forma de hacer, y con esto de la pandemia, todavía más.

Hasta ahí, pues normal, cosas de la vida. Aprendimos, cada uno de la docena larga de traductores, muchas cosas sobre operaciones e historia de la oftalmología, términos antiguos que nos sonaban a latinajos, que nos obligaban a rebuscar en diccionarios y encontramos términos intraducibles así como una forma de escribir muy diferente de la nuestra actual, con frases kilométricas, sin comas, con algún punto y coma salteado, resultando en párrafos imposibles.

Cada uno de nosotros hizo su trabajo con mejor o menor suerte, pero todos con la buena voluntad que nos caracteriza y al final el trabajo resultado quedo aparcado en un cajón virtual.

Llegó la primera ola de la pandemia y la disponibilidad de la que hablábamos anteriormente.

Y en s’Illa del Rei, si preguntas…date por muerto.

Cometí el “error” de preguntar y como podía suponer, me tocó el premio ¡ Tan inteligente que parecía el muchacho…!

Bueno, estaba confinado, tenia tiempo y a ello me lancé.

12 traductores, 12 métodos, 12 criterios, 12 tipos de letra, 12 tamaños, 12, 12, 12 de todo. ¡La locura total!

Pero como todo en la vida, hay que ponerse a ello y poco a poco, las cosas se hacen. Gracias a la colaboración de algunos voluntarios, en especial la de José María Vizcaíno, logramos armonizar los tipos y formatos, pegar, limpiar los textos y darle algo de sentido a 23 capítulos que se resistían como leones a ser ensamblados y formateados.

Incluso me sirvió para aprender detalles de Word que no había nunca imaginado podrían estar por ahí, escondidos entre las pestañas…

La lectura final es realmente interesante, por decirlo de alguna manera, ya que los comentarios del Chevalier John Taylor sobre su trabajo y el de los que le precedieron, son jugosos, a veces políticamente incorrectos, cosa que no parecía preocupar al Chevalier.

Si bien, como decía, la lectura puede parecer en ciertos capítulos interesante y incluso apasionante por los “innovadores” métodos, algo sangrientos y ciertamente invasivos como se dice ahora, el bloque es verdaderamente difícil de digerir para un lego en la materia.

El debate actual es como presentar este trabajo, como hacerlo atractivo para un lector no profesional, que esté simplemente interesado en la historia y en la evolución técnica de esta especialidad de la medicina.

¡Menos mal que no existía Tweeter en aquellos tiempos…a lo mejor le habrían cortado el hilo o anulado su cuenta, como a uno muy famoso que todos conocemos!

En ello estamos…

Alfredo Fenollosa Domènech

Ingeniero Agrónomo

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Un regal a propagar

enero 8th, 2021

L’atzar me va portar un dia a visitar l’illa del Rei amb un grup de metges de Menorca. L’entusiasme que se respirava me va animar a participar sense dilació com voluntari i des de l’any 2016, practicament sense interrupcions, he assistit cada diumenge en aquest acte d’alegre companyerisme amb l’objectiu comú de rescatar de l’oblit i l’espoli unes dependencies  hospitalàries d’una densitat històrica inusitada. 

Zaca

No coneixia en Lluís Martínez,  va venir a l’Ateneu fa un parell d’anys a donar una conferència sobre com defensar els drets de tercera generació des de la sindicatura de greuges. Una entusiasta i exhortadora ponència de com ens hem d’implicar per assegurar el benestar i la dignitat de les futures generacions. Engrescador.

El vaig invitar a l’illa del Rei el següent diumenge. Mentres ell feia la visita guiada jo vaig seguir brunyint una lampara de coure que tenia en marxa en el nostre departament de restauració guiat per un inestimable Josep Vilafranca. Vam degustar junts el fraternal àgape habitual seguit per les paraules encoratjadores del nostre guia “espiritual” Luis Alejandre.

Tot tornant cap el moll de l’hospital record clarament el seu comentari de satisfacció: “Quin regal, quin regal ha sigut aquesta visita”. Me va sorprendre gratament que emprès aquesta paraula, regal, per mostrar la seva complaença, la seva satisfacció per la visita feta. Realment és un obsequi, un regal, fer una visita a l’illa del Rei?

Hem estat indagant plegats en què consistiria aquest regal. No cal dir que la visita a l’illa del Rei és un regal pels sentits, un illot preciós enmig del espectacular port de Maó, un gran edifici de bellesa simètrica, coronat per una torre altiva, i envoltat de jardins medicinals. Durant tot l’itinerari no deixes de contemplar obres d’art, escultures, maquetes, mobles, pintures, etc, tot un regal  per la vista. Sense oblidar el regal pel gust aportat per la quadrilla liderada per na Marga, la cuinera.

També és un regal per la curiositat, la història d’aquest illot és inversemblant i molt entretinguda, és un relat que recorre tres centuries, amb una gran varietat de protagonistes vinguts d’arreu del món, tota mena d’esdeveniments des de l’epopeia fins el drama han viscut aquestes dependències, un relat ple de color, d’entrellat i d’amorios.

Però sobretot és un regal per l’esperit, aquesta gratificant i alegra sensació que se genera en aquest ambient de companyerisme treballant tots junts per un objectiu comú, és segurament el regal més preuat; en aquest ambient cordial s’estimula el millor de totes nosaltres, sorgeix del nostre interior el neguit de mostrar i plasmar les nostres millors habilitats i qualitats, que, insisteix, d’una manera voluntaria, atorguem a la causa comú. Aquí s’estableixen aliances i amistats que ajuden a superar vicissituds i dificultats en un clima d’optimisme. 

I és aquest  sense dubte el gran regal que ens emportem totes al finalitzar aquesta visita dominical, siguin visitants o voluntaris. Un missatge d’esperança de què totes plegades podem arranjar el planeta per les futures generacions. Un missatge digne de ser propagat. Què corri, per favor.

          Abans d’acomiadar-nos, en Lluís, llavors president del Fòrum de síndics locals de Catalunya me va confessar: “Mai no m’hauria imaginat una activitat més profitosa a la què dedicar un diumenge al matí”. I me va donar records pels nostres dos síndics locals també voluntaris, na Maria Gràcia Seguí i en José Barber.

Anton Soler

metge retirat voluntari de l’illa del Rei