Colgados de un andamio. Crónicas voluntarias

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Illa del rei
Manuel del Amo y Manuel Gómez | Voluntarios
12/06/2026

llaman Los Manolos o Los locos del andamio. Sí, esos atrevidos, esos inconscientes que desafían la ley de la gravedad subiéndose tan arriba. Que cómo se nos ocurre, que si seremos arrogantes, que todo lo que sube acaba bajando y malamente. En fin, que aquí, en la Isla del Rey, a nadie le convence eso de colgarse de un andamio para pintar viejas vigas y arriesgarse, sabe dios, si a una mala caída.

Hay que decir que el andamio se las trae. Es más viejo que los propios voluntarios; más viejo incluso que este hospital. Algunos dicen que es lo más antiguo de la isla y que ya lo utilizaban los mismísimos británicos en el siglo XVIII.

Pero, al final, hemos sobrevivido y encima sin arnés. Gracias a otra M — esta vez un Manuel Vasco o Manu— que nos ha echado otra Manu (perdón el chiste malo) y hemos actualizando el amasijo de hierros que ahora sí parece un andamio del siglo XXI.

¿A qué viene todo esto? Pues a que nos pidieron un comentario sobre nuestra experiencia en las alturas y aquí estamos, Manuel, Manuel y Manu, demostrando cómo sobreponerse a la precariedad en la que las administraciones locales nos tienen relegados. Pero eso sí, igual de locos.

Y es que necesitamos sangre joven. Aquí solo hay viejos y muy viejos; bienintencionados, sí, pero ya para el arrastre. Necesitamos jóvenes que se suban al andamio y realicen otros trabajos de la misma calaña.

El problema es el horario. Fue pensado para retirados y olvidados, y ahora estamos muriendo de éxito. Los domingos por la mañana, muy de mañana, no encajan con quienes son más jóvenes y dormilones. Eso nos lleva a una cuestión existencial: ¿Qué pasará cuando vayamos faltando? Llegarán más viejos y así continuará el cuento de nunca acabar.

Por eso lanzamos un ruego a las generaciones más jóvenes: ¡Que Viva la Aventura! Ven, súbete al andamio y cuéntalo. Hazte un selfi, pero luego olvídate del móvil. Esto estimula mucho más que Bad Bunny.

  1. Un voluntario fijo discontinuo, Josu Sendagorta, amigo leal, vió desde su Bilbao en las fotos de un parte semanal, que utilizábamos viejos y oxidados andamios de hierro. Al reñirnos, comunicó que nos mandaba un nuevo andamio de aluminio de fabricación alemana, que es el que aparece en una de las fotos.

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De ninfas e historias

Amparo Lopez Parra

Illa del rei
29/06/2026

No puedo callarme. No puedo dejarlo pasar.

El pasado mes de mayo, varios voluntarios de la Isla del Rey visitamos el ninfeo de Cala Figuera. Reconozco que mis expectativas eran altas, pero lo que encontré allí me encogió el corazón. Sentí una mezcla de tristeza, impotencia e indignación difícil de describir.

Resulta incomprensible que una sociedad tan culta y consciente de su pasado permita que un lugar tan emblemático y singular sea devorado por el ácido úrico de las aves y, sobre todo, por el corrosivo ácido de la indiferencia. Durante décadas, las administraciones, instituciones y organismos responsables —llámense como se llamen— deberían haber protegido este tesoro excepcional de nuestro patrimonio.

Los vestigios romanos en Menorca son escasos, y tan solo contamos con otro ninfeo, el de Cala’n Forcat, afortunadamente mejor conservado ¡ gracias a los dioses !. El ninfeo de Cala Figuera, sin embargo, posee una belleza casi onírica. Sus enormes cisternas excavadas en la roca aún albergan aguas cristalinas que, tras descender refrescando la tierra desde la zona de Trepucó, encuentran allí su reposo. La inteligencia de aquellos ingenieros romanos, unida a la inclinación natural del terreno, permitió recoger y conducir el agua de lluvia hasta el mismo borde del mar, abasteciendo a las embarcaciones a esos marinos sedientos que recalaban en nuestro puerto.

Todavía permanece en pie el delicado edículo que presidía el conjunto, rodeado por un estanque donde resulta fácil imaginar la presencia simbólica de una ninfa voluptuosa, protectora de las aguas, de sonrisa enigmática y mirada serena, dando la bienvenida a los marinos sedientos mientras su reflejo danzaba sobre las tonalidades esmeralda y cobalto del agua.

Pero hoy ese lugar mágico languidece, muere. Y no debería ser así.

Por ello quiero pedir, reclamar e incluso suplicar a quien corresponda que actúe antes de que sea demasiado tarde. Los voluntarios de la Isla del Rey ya nos hemos ofrecido para colaborar en su limpieza y conservación, pero eso, por sí solo, no basta. Es necesario impulsar un proyecto de recuperación que dignifique este espacio, que le devuelva su significado histórico y simbólico, y que permita explicar a nuestros hijos y a quienes nos visitan la extraordinaria riqueza patrimonial de esta pequeña roca en medio del Mediterráneo.

El ninfeo de Cala Figuera no es solo una ruina arqueológica. Es un fragmento de nuestra memoria colectiva. Es la prueba tangible de que Menorca ha sido, desde hace siglos, un lugar de encuentro, de ingenio y de cultura.

Presionemos como sociedad. Exijamos su protección. Defendamos lo que es nuestro antes de que el silencio y el abandono terminen por borrar una parte irremplazable de nuestra historia.

Amparo López Parras